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Operaciones de paz 3.0. Aprendiendo la lección. 29 junio, 2007

Posted by lariosola in Cultura de Defensa.
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Sin el compromiso constructivo de la comunidad internacional, es improbable que se aprecien mejoras  en Medio Oriente a corto plazo. Como en la mayoría de los conflictos, las fases posteriores a las operaciones militares principales ofrecen una oportunidad única para establecer realidades alternativas con capacidad de ser implantadas. La urgencia para un despliegue efectivo debe ser matizada a la luz de un potencial fracaso ante una ruptura de las hostilidades.

Es importante reconocer que nos encontramos ante una nueva etapa de las operaciones de mantenimiento de la paz. Anteriormente, ninguna fuerza ha tenido que interceder entre un estado que presenta una actitud hegemónica regional, y entre un grupo militar irregular como es Hizbula, con una capacidad militar y una presencia social y política de notable envergadura.

Por ello, para el sistema de mantenimiento de la paz, es un tiempo de adaptación, es tiempo de revisión doctrinal. Si las primeras operaciones de paz (versión 1.0), básicamente amparadas en el Capítulo VI de la Carta de las Naciones Unidas presuponían imparcialidad de la fuerza, consentimiento de las partes y ausencia de violencia, salvo en casos de autodefensa; pasamos a un resurgir del modelo de gestión de crisis internacional como consecuencia de la finalización de la política de vetos en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, una vez concluida la guerra fría (versión 2.0).

 En estos últimos años, las misiones de paz se han multiplicado sensiblemente, cogiendo a los ejércitos de los países industrializados, occidentales, blancos y cristianos en fase de reducción de efectivos, fruto de una política de “recogida de los dividendos de la paz”. Este segundo periodo, que parece llegar a su fin, se caracteriza por situarse entre el Capítulo VI de la Carta y el Capítulo VII (popularmente definido como “SEIS y MEDIO”), en el que estaba previsto imponer una situación de paz a los contendientes. En este modelo de intervención se practica un neutralidad exquisita, aunque no se es imparcial; porque la imparcialidad no cabe ante la protección de grupos de personas desplazadas, refugiados y perseguidos por las distintas facciones. Se trata de equilibrar el mantenimiendo de la paz, con la imposición de unos términos que aseguren cierto grado de concordia.

Finalmente, una nueva era se aproxima, y FINUL (UNIFIL) puede ser la primera de una larga serie, en las que la complejidad del conflicto, la implicación de las grandes potencias, la integración de todos los esfuerzos (sociales, económicos, de desarrollo, humanitarios, sanitarios, etc), no solo de los militares, traten de dar una solución global al conflicto, con un seguimiento estrecho durante las fases post-conflicto, hasta alcanzar un grado de reconciliación que permita la vida en paz. Una operación de paz establecida, a modo de colchón entre un estado y una milicia, en Medio Oriente, presupone tal complejidad, que fácilmente se entiende que la labor no sea fácil, ni desde el punto de vista militar (Israel y una milicia irregular), ni cultural (tres religiones superpuestas), ni económico (un Israel floreciente, ante un Líbano deprimido en un entorno crítico), ni social (con desarrollo tan dispares), etc.

Ante lo cual, los españoles mantienen una actitud, que puede considerarse distante, pese a los esfuerzos políticos a lo largo de décadas para llevar la paz a Medio Oriente. Los españoles no aceptan las bajas militares en conflictos en el exterior. No importa quién, ni cómo, ni cuando. Esta situación deja a las fuerzas militares prisioneras de una opinión pública, incomprensiblemente exigente. Y por lo tanto, fuerzas irregulares (Mahdi Army en Irak o grupos terroristas en el Líbano) contemplan como una oportunidad única la presión sobre las fuerzas españolas, por el alto impacto que va a tener a tenor de la retirada de Irak y la presión social.

La modificación sustancial del modelo de operaciones de paz aún no ha sido ni explicado ni percibido por la sociedad española, que aunque no acepta bajas propias, renuncia a la participación con contingentes fuertemente pertrechados, amparados en un posible impacto negativo en la percepción de pertenecer a “una cultura de paz”.

Finalmente, las fuerzas militares españolas acaban siendo rehenes de una situación extraña, pueden sentirse incomprendidas, y en ocasiones, desprotegidas.

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